Y así, al día siguiente, domingo, emprendimos el viaje hacia la città dell'amore. También amaneció un día lluvioso y las calles de Milán reflejaban los restos de un intenso sábado noche que, por supuesto, no vivimos -pero tampoco nos arrepentimos.Nuestro tren, aquel que casi perdemos porque los italianos no saben poner el número de andén, resultaba entre Musolínico y compartimental. Chocando rodilla con rodilla con la amiga y compañera de enfrente, recorrimos las horas previstas hasta llegar a Venecia. Allí nos esperaba el hotel, a la salida de la estación, todo recto por la calle principal y al llegar al segundo puente, sin cruzarlo, girando a la izquierda. Parece fácil, ¿verdad? Pues estuvimos buscándolo lo que quedaba de mañana! Recordad: por teléfono, 25€ con desayuno.
Cuando llegamos, unas escaleras ruinosas nos condujeron a una recepción repleta de maletas. Detrás de la barra de la recepcionista una cafetera resaltaba entre demás papeles y un ordenador. "¿Se desayunará aquí?" nos preguntamos. Pero la chica que nos atendió no tenía constancia del nombre de reserva (recordad que lo habíamos hecho por teléfono) y casi nos vimos en la calle, hasta que utilizó esa gran herramienta de internet y comprobó que allí estábamos, en la habitación 5, cuatro camas y baño compartido. Pero en la casa de enfrente, cruzando el puente. Allí nos dirigimos con maletas en mano, y una lluvia que cada vez parecía caer con más fuerza.
Al entrar, unos diminutos pasillos nos llevaron hasta la habitación, abierta, con una chica preparando la 4º cama de la habitación, un colchón que traía arrastrado y 1cm cuadrado de suelo desde el que debía hacer la cama. Cuando terminó nos intridujimos como pudimos en ese habitáculo donde maletas y personas no podrían pisar el mismo suelo en el mismo lugar y
al mismo tiempo. Una habitacion de 2 convertida en una de cuatro. Situadas y habiendo inspeccionado los baños, emprendimos la ruta turística.
En la oficina de turismo, una señora muy simpática nos ayudó mucho en nuestro recorrido. Y compramos el billete para el único medio de transporte para moverse por aquella curiosa ciudad: el barco. Lo único que transportaba gente allí eran trenes (hacia el exterior), barcos y las increíbles góndolas.
Subidas en el ferry, eterno y petao de gente, acompañadas por la fiel amiga lluvia pero no sin sacarnos fotos cada segundo, dimos un recorrido por el Gran Canal hasta llegar a la plaza de San Marcos, donde se sitúa la Catedral, con un aspecto ruso más que italiano.
Aunque en esta foto no se aprecia, la plaza de San Marcos no carece de palomas, como si fuera una característica imprescindible en una plaza. Además no se
asustan apenas, les da igual chocarse contra tí. Después de hacer un poco el gamba y de grabar algún video en dicha plaza, nuestro recorrido turístico siguió bajo la lluvía hasta que decidimos comer en McDonalds, también situado en la Plaza. Dato por el que ahora comprenderéis lo que os voy a contar.
Cuando nos encontrábamos tan felices con nuestra hamburguesa después de que una mujer nos arrebatara una mesa a la que llevábamos esperando media hora y habíamos conseguido abandonar el prosciuto y el queso en pan de pizza, unas bonitas palomas comenzaron a invadir el McDonalds -cosa que debía ser normal porque la gente no se inmutaba- y salían volando por todo él hasta llegar a la puerta, viéndose dificultada nuestra comida por dichas aves. Una comida de lo más agradable.
Cuando terminamos de comer, volvimos a dar vueltas y más vueltas a los porches de la plaza, sin saber qué hacer por la lluvia. Y a eso de las 5 entramos en una Iglesia para preguntar cuándo había misa. Se supone que a las 7, pero había mucha gente y parecía haber algo, por lo que nos quedamos. De pronto el cura salió, un coro de 'filipos' empezaron a cantar a pleno pulmón y una misa en "itanglish" comenzó a celebrarse. Surrealista. Presenciamos un bautizo de un bebé filipino en el que no sabíamos quién era la madre y quién el padre debido a su aspecto físico, un tanto confuso. La desgracia del bolso de Miren vino a nuestras manos, una de las del coro no me dio la paz sino que me hizo el signo de paz con los dedos y 8 horas más tarde aquella surrealista misa terminó, dejándonos volver a la realidad que habíamos abandonado.
Seguía lloviendo. Seguíamos sacándonos fotos, a Miren le seguían atrayendo las tiendas y ahí estábamos, bajo los paraguas, mirando camisas, corbatas, y alguna tienda de accesorios en la que sonaba música de King África. Sí. El día ya empezó a ser desagradable con tanta lluvia. Y con nuestros pantalones calados hasta las rodillas y los zapatos chirriados, decidimos que habíamos cumplido bastante con nuestro plan turístico. Así que a las 8 estábamos cenando en un restaurante donde comí mi primera pizza sin tomate -yo pensaba que ese era un ingrediente imprescindible de la pizza-. Un lugar un poco cutre pero que nos supo a gloria.
Pero se acercaba el momento "hotel". Alargando lo más que pudimos la cena no conseguiríamos nada, por lo que decidimos asumir los desagradables sucesos del 18S y que el siguiente día nos trajera un poco de sequía y algo de sol. La vuelta, agotadora, también dejó alguna experimentación fotográfica a la luz de la luna -y alguna farola-, que claramente, carece de todo valor...
Y me encantaría poner miles de fotos, pero creo que no va a ser posible. En mi espacio de MSN tengo el resto de fotos, pero ahí no se ven nada bien.
Me queda el último día. Ya llegará el momento. Os prometo que estoy intentando ser breve... pero no lo consigo!






