lunes, octubre 09, 2006

Matizando

Ha podido dar la impresión de que mi experiencia en Madrid ha sido un desastre. Pero el texto está escrito con cierta ironía y acerca del ámbito profesional, únicamente. Queda por narrar el resto de ámbitos en los que me he movido, es decir: piso-tex mex-zara-piso.
El piso lo he compartido con mi querida Ani, mi compañera de fatigas Mer, María (menos tiempo, pero no por ello menos contundente), Cristina y el último mes con una mejicana, Poli.
Nuestro día consistía en levantarnos, coincidir en el único baño que teníamos, salir a toda leche a trabajar (media hora de caminata), volver a comer con Mer (menos en septiembre que comía sola), ver Yo soy Bea, a la que confieso que estoy profundamente enganchada, y Rebelde, a la que Mercedes estaba más profundamente enganchada, coger el bus para ir a Serrano, Goya, etc y aprendernos de memoria la nueva temporada Otoño-Invierno y demás asuntos sociales y por último, con resignación, volver a nuestro garito para cenar y dormir. No sin antes ver un caputilito de Friends en la clandestinidad de nuestra habitación, en la que la comunidad terminaba acampando. Se podría decir carecíamos de todo tipo de intimidad. Nadie podía estar en su habitación tranquila y voluntariamente sumida en la soledad sin que, de repente, 80 personas se acercaran a ver qué le pasaba, aparte de querer olvidarse del mundo y que le tragara la tierra.
Los findes parecía que a algunas les ponían pilas. Mer parecía no haber trabajado en toda la semana, mientras Depis y yo nos arrastrábamos para salir y Cristina, simplemente, aceptaba plan. Luego Ana dejaba de arrastrarse ayudada de agua... ah no! Y pasaba a ser la triunfadora de la noche, mientras Mer hacía alguna que otra escapadita al baño. Y así los findes se nos iban en un pis pas. La mañana del sábado trancurría en la cama (menos Cris que a las 10 ya estaba en pie) y de turismo por Madrid. El domingo otro tanto y de comida en el Vips con una larga sobremesa y otra vez vuelta a empezar el lunes.
Sin embargo, creo que nunca me podré olvidar de aquel viaje a Valencia a las 6 de la mañana desde Madrid con sacos, mochilas y mucho descontrol; de las comidas con Mer a las 5 de la tarde después de un largo día de trabajo, de alguna que otra aislada ruta turística por Goya, de los buitres del tex-mex, de la ausencia de taxis, de los conciertos en El Rincón del Arte Nuevo (o donde se precie...), de la plancha de Cris, de los botes de gel agotados, de la puerta del piso abierta "solo un segundo", del Seicento de Poli, del fuego encendido y el humo de la sartén..., de las manoletinas plateadas de Mer, del comienzo de las noches de Friends en soledad, de las desapariciones de la Ibáñez durante su estancia, de las margaritas de Sergio, de las esponjas, del piso de Velázquez, del musical de Mecano, de Blanco, de la última noche de las mantas, de Mer hablando por el móvil, de los pelos por todo el salón, de las últimas estancias nocturnas con Mer en el portal, de Serrano 125, de la cama de Depis casi en la terraza, de Mer y la pinza (dejémoslo ahí), de la omida surrealista en casa de Xavi, de Depis en la "peluquería", de la cama del "salón", de MRW, de los botellines de agua, de Pascual..., de las teorías morales de Mercedes, de los bailes de Poli, de las conversaciones nocturnas con Depis, de las llaves del piso que no podía sacar, de Prosperidad, del chico del casco negro, del despertador de Depis, de las maletas de Poli, del novio de Marta, de las circulares vía mail, de General Óptica, del vestido de lunares de Ana, de las depresiones momentáneas, de los regalos de Mercedes (mil gracias), de los taxis que pagó Depis y, por supuesto, del cepillo que nunca encontré.

viernes, octubre 06, 2006

Nunca es tarde...

...para volver.

Hace mucho tiempo que no escribía. La verdad es que no sabía sobre qué hacerlo. Pensaba que había que tener cosas increíbles para escribir, hasta que me dí cuenta de que lo que me ocurre normalmente desde hace 3 meses es bastante "increíble", (con el tono que nos gusta a algunas...)

Pues bien. He estado en Madrid julio y septiembre de prácticas. En agosto el Periódico cerraba, por lo que me volví a Pamplona a que Mónica Herrero me aprobara y, una vez conseguido, volví a Madrid. La verdad es que tampoco ha sido una pasada y me he sentido bastante corta redactando, además de marginal. Me tenían en una sala sola con un mac de hace 80 años y apenas me mandaban trabajo. La sala en la que trabajaba era de una productora de publicidad que compartía local con el periódico, pero con lo que eran no solían aparecer. En septiembre se les vió más el pelo, hasta que la última semana una chica, que no parecía mirarme con buena cara, me suelta: "que hables con tu jefe que te tienes que ir de aquí", (de la sala). Cuando me dirigí a su despacho, apenas me dió tiempo a decirle: "me han dicho que", cuando me cortó y me suelta "sí, al pasillo". Y con un portátil que no pillaba internet, me destinaron allí, colgada y a falta de 4 días para irme. Prefería que me hubiesen dicho "a Pamplona", sinceramente. Pero el problema fue peor cuando, tragándome todo mi orgullo, le escribo un mail al jefe para darle las gracias por 'todo' y darme la oportunidad de trabajar allí, tras no haber podido hacer una despedida oficial de las becarias (éramos 2). Le escribí el lunes, pero sigo esperando a saber cómo terminará la historia.

Este prácticamente ha sido mi apasionante verano. A parte de otras cosas humillantes que me abstengo de contar, de que, prácticamente, todas mis amigas están fuera y que Pamplona no es que me haya acogido muy calurosamente.
Así que si alguien se plantea venir a Pamplona, aquí estaré, colgada. Pero no dejéis que pase mucho tiempo, no vaya a ser que me acostumbre y entonces ya no quiera ver a nadie.